No tuve tiempo de nada. Fue como un sueño, y cuando desperté, había recorrido casi todo el país.
Había viajado por aire, por tierra, hasta por mar. Había visitado el desierto, la playa, la selva, la sierra, diferentes ciudades. Lo mismo había estado en la temida Ciudad Juárez, que en el paradisiaco Cancún. Un día comía tortillas hechas en el fogón de la más humilde casa en Chiapas y al siguiente me maravillaba con la gastronomía yucateca o con los inolvidables mariscos de la Península de Baja California.
Recuerdo muy bien un día, fue ahí, en Juárez. Cómo no hacerlo, si es el único momento en mi vida en el que realmente pensé que me iba a morir. La sentí, sentí la muerte y también al hombre que sería el responsable. Me asusté, pero como si fuera una experta en el tema, decidí permanecer de espaldas, así evitaría ver la forma en la que iba a pasar.
Diez días después en ese mismo lugar, cuatro mujeres fueron asesinadas a sangre fría en el transporte que las llevaba a trabajar.
Recuerdo muy bien una noche; podía aguantar de todo, ya lo había hecho antes, no comer, no dormir, no tomar agua, todo, menos enfrentar mi peor miedo: las serpientes. Estaba en Veracruz.
En una comunidad que ha sido devastada por la subida de un río, suele haber animales que usualmente no hay. En la Martucha, había serpientes. En la Martucha, estaba yo. Enfrentar un miedo, un miedo de verdad, es luchar contra todo el malo que uno tiene, es pelear con las reacciones que normalmente controlamos, es como si el cuerpo actuara sin nada que lo detenga. Pero tenía que trabajar, y para hacerlo, es la razón la que debe de predominar. Siendo sincera no lo logré.
Recuerdo también una comida, fue en Monterrey, el impacto fue tal que difícilmente podré olvidar la indiferencia de la gente acostumbrándose a los estruendos de una balacera, como los sonidos de una típica tarde de martes.
Ésos son sólo recuerdos, pero hay otros a los que he decidido llamar memorias, porque son los que quiero que se queden guardados. Recorriendo el país de norte a sur, se desnudan realidades, se descubren paisajes, se conocen olores y sabores, se observan colores que atrapados en la cotidianeidad nos son casi imperceptibles. Se vive el país, se siente la vida.
Probablemente a muchos de los lugares a los que fui, nunca regresaré. Seguramente jamás volveré a ver a la mayoría de las personas que conocí . Pero hoy desperté de ese sueño que viví, me cuesta trabajo entender que fue verdad, pero lo fue y nunca lo quiero olvidar.

